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viernes, 30 de enero de 2015

GEOBOT, un robot con sentimientos humanos


Una historia de un aparato que sintió y padeció el sentimiento de nostalgia a través de la geología

 Durante dos décadas la Universidad de São Paulo tuvo como trabajador a un robot que era especialista en reconocer la composición química de las rocas, su nombre era Geobot, su talento no era el más sobresaliente pero derrochaba eficiencia en sus múltiples trabajos de análisis geológicos dando informes instantáneos de la composición de las rocas.

En una exploración hacia un campo minero en Chile, Geobot tardo más de lo normal en la lectura de las muestras mineras y los geólogos brasileños pensaron que algo estaba fallando mecánicamente, pero el robot lo definió como nostalgia ya que el análisis de las rocas le había traído esta sensación rara. Los compañeros humanos del robot no le dieron importancia a la apreciación de Geobot. 

Desde el prisma del raciocinio humano, dicha reacción en el aparato era normal puesto que fue construido por ingenieros chilenos que le llevaron en su primera prueba a esta explotación minera, lógicamente al volver a este sitio sus circuitos habían detectado y comparado la muestra actual con la que sus archivos guardaban en el historial, debido a este recuerdo, ese día de trabajo en Chile fue tremendamente pesado y lento para Geobot que había tenido sus primeros registros de emoción, lástima que nadie de su entorno haya tomado interés a esta reacción.

Como todo se desecha en la Tierra, la suerte de Geobot cambio en el momento que fue vendido a un extravagante argentino que estaba seguro de que los adoquines del barrio porteño de San Telmo escondían un código cifrado, según el hombre en cuestión, los adoquines estaban ordenados de manera minuciosa según su origen geológico de tal manera que componían un mensaje que estaba sujeto a la combinación de los tipos de rocas,  por dicha teoría, Geobot paso una larga temporada analizando los adoquines de la plaza de Dorrego acompañado de los tangos que sonaban en el lugar.

El argentino con el tiempo se volvió toxicómano y ante su vicio vendió a Geobot  por unos centavos a otro toxicómano gallego que surcaba los mares, este ultimo vio un acierto en tener una maquina que en cuestión de segundos le diera el análisis del suelo. 

Después de varios reconocimientos de la estructura mineral de las rocas del Atlántico Sur, el marinero gallego se canso del robot y procedió a anclar su barco en Namibia, allí busco una tienda de antigüedades y dejo a Geobot con una ínfima explicación de cuáles eran sus funcionalidades, debido a esto el anticuario procedió a mirarlo y a estudiarlo de pies a cabeza deduciendo que era una máquina interesante en estados óptimos que descendía al suelo mediante un brazo metálico que finalizaba en un tubo fino cuyo sonido era similar al taladro de los dentistas a la hora de escudriñar en  la superficie y pensó que a lo mejor era un aparato para plasmar mensajes cifrados en el suelo, así que inmediatamente lo puso a la venta.

El tiempo que duro Geobot en el escaparate fue mínimo ya que pronto fue adquirido por un empresario alemán que estaba construyendo unos apartamentos en el norte de Namibia, se dedicaba a buscar piezas que dieran un ambiente retro a sus instalaciones y pensó que la presencia del robot de utilidad desconocida podría adornar de manera curiosa el entorno de su nueva obra arquitectónica, así que velozmente el robot paso a formar parte de la decoración anímica del entorno aunque sus baterías estaban a punto de acabarse.

 

Y ahí justamente en lo más alto de una montaña de basalto, sintió por segunda vez nostalgia, pero ahora este sentimiento estaba conectado a sus recuerdos brasileños, su reconocimiento no era descabellado puesto que el basalto era un fragmento perdido de Sudamérica en el desierto africano donde él se encontraba.

Esto nos remonta a la teoría de la deriva continental ya que cuando África y América del Sur comenzaron a separarse y en medio se creó el Océano Atlántico, en el Cretácico hubo una enorme erupción volcánica que produjo  la fractura. La explosión fue tan grande que la masa de la lava basáltica cubrió una enorme extensión del sur de Brasil y regiones  aledañas de Paraguay, Argentina, Uruguay y Namibia, dicha masa constituye la provincia ígnea de Paraná-Etendeka.  Geobot, había sentido dicha sensación por el recuerdo del tiempo que paso con los científicos brasileños, allí había analizado muchas veces el basalto que forma las sorprendentes solanas de las Cataratas del Iguazú. Ese basalto es lava de aquella gran erupción.

Sin lugar a dudas a pocos instantes de finalizar su vida, Geobot había hecho el reconocimiento más brillante de su carrera, sus archivos de geología en el Brasil se correspondían con grandes similitudes con el lugar que él estaba pisando y analizando  en ese momento pero lastimosamente esto no era suficiente ya que sus registros solo le daban datos mas no una información histórica de las rocas.

Geobot finalizo su tarea con la fuerte convicción de que el  suelo de Namibia en el que él se encontraba dejando sus últimos esfuerzos,  fue parte en algún momento de la tierra americana que por tantos años analizo, y con esa sensación de alegría que alimentaba el espejismo de encontrarse por fin en casa, dejo que sus baterías murieran y con ellas su largo paso por esta tierra de humanos.

Escrito por K.Q.G
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